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Serían aproximadamente las diez de la mañana del martes 28 de julio y una jauría de cansados, malolientes y ávidos de vida metalheads desembarcan en Amsterdam, la ciudad del vicio. Sí, la ciudad del vicio, habéis oído bien. ¿Qué? ¿que no sabéis por qué la llaman así? De acuerdo, intentaré explicarlo con nuestro itinerario.

Tras bajar allí y dejar al 50% nuestras reservas de desodorante echamos un ojo alrededor. Una ciudad muy turística, grande, llena de canales con embarcaciones, y unas calles con un tráfico de lo más curioso. Digo esto porque allí los coches eran lo que menos miedo nos daba ya que las bicis eran las auténticas máquinas de matar. Al no estar acostumbrados en España a estas complejas redes de carriles bici entrecruzándose con vías para automóviles y para tranvías, moverse por Amsterdam era poco menos que un suicidio si no mirabas para cien lados antes de cruzar una carretera. Las bicis no se paran, ni mucho menos. Aunque te suban encima de un golpe, ellas siguen su ruta sin inmutarse. Una vez pudimos comprobar esto sin sufrir bajas en el grupo, comenzamos a dar una vuelta de reconocimiento por sitios cercanos de la ciudad bajo la guía de los wackenianos veteranos del grupo. Sitios como la Plaza Dam, el Rabobank, el mercado de las flores, o simplemente edificios típicos de esta zona de Europa.

Murcia destroys Amsterdam.

Sí, todo esto es muy bonito y es imprescindible verlo, pero no es lo que le da la fama a Amsterdam. Y es eso es lo que pensó alguno de nosotros —no consigo recordar quien fue— cuando durante el paseo dijo: «¡Yo aquí he venido a ver putas y fumar porros!» (xD) a lo que todos unánimemente asentimos y le dimos el visto bueno, por lo que los veteranos cambiaron la ruta y nos adentramos en el famoso y moralmente cuestionable Barrio Rojo. Normalmente, cuando a uno le hablan del Barrio Rojo «piensa no será para tanto», pero hasta que no estás allí no sabes lo equivocado que estás. Todo lleno de coffee-shops y tiendas con los más diversos y extraños servicios de índole sexual. Incluso una tienda, por lo visto famosa, dedicada sólo a profilácticos.

Como era temprano aún, la mayoría de sitios no estaban abiertos, así que decidimos hacer tiempo en un coffee-shop y fumarnos la «cultura holandesa». Estos sitios son una de las cosas más graciosas de Amsterdam. Dentro, puedes fumar cualquier tipo de hierba que quieras. Es legal e incluso allí mismo te las venden, sin embargo no puedes fumar tabaco dentro del recinto. Lo gracioso es que si sales a la calle es justo al revés. Puedes fumar tabaco pero no hierba. Todo un ejemplo de coherencia. Pero bueno, nosotros no estábamos allí para cambiar las leyes sino para obedecerlas, así que adquirimos cuatro o cinto variedades de «producto» y pasamos parte de la mañana allí.

Cuando decidimos salir —dificil pero necesaria decisión—, nos encontramos con una curiosa señal que llamó nuestra atención. ¿Por qué en una calle tan pequeña como esa los niños debían ir acompañados por un adulto? Poco menos de diez segundos tardamos en averiguarlo ya que en escrupulosa fila india nos aventuramos calle adentro para descubrir una interminable lista de «mujeres de compañía» que, en nuestra humilde opinión, deberían estar presentándose a un concurso de misses y no trabajando allí. A partir de ese momento no habría otra cosa en nuestra cabeza que no fueran esas mujeres. De hecho, hasta el final del día fue lo único que vimos por todas partes. Lo mejor es que conforme evolucionaba el día también aumentaban los lugares, el números de mujeres y, en general, TODO. Increíble, de verdad, increíble aquello.

Las maravillosas calles de Amsterdam.

 Para comer hicimos uso de un KFC que vimos al bajar del autobús y allí instituimos el Pollurday con un soberbio atracón digno de campeones. Una vez reposada la comida fuimos a visitar uno de los otros atractivos de esa preciosa ciudad: la fábrica de Heineken. Esta, ofrece un recorrido por el interior en el que te explican un poco de historia, el proceso de fabricación, a hacer una cata, y hasta te invitan a dos cervezas.

Del resto de la tarde, me vais a permitir que haga un croquis rápido ya que llegó un punto en el que a partir de ahí mis recuerdos son difusos xD. Básicamente dimos vueltas por la ciudad, saludamos mínimo diez veces a cada señorita del Barrio Rojo, visitamos el Parque Rembrandt, y nos tomamos una cerveza en el Rock Planet. Una de las cosas que sí recuerdo es que tras mucho PORNO DE ABSOLUTAMENTE TODO en el autobús, queríamos comprar alguna película que hiciera honor a ello y estuvimos tentados de comprar una llamada Crazy Little Fuckers, pero al final no lo hicimos. Decisión de la que nos arrepentiremos toda nuestra vida y que este año no volverá a suceder. También nos hicimos las fotos chorras —y no tan chorras— de rigor.

Si nos quitan el arte, nosotros seremos el arte.

 Por la noche, tras una rica cena india sentados en la Plaza Dam, volvimos a nuestros respectivos autobuses —unos en peores condiciones que otros xD— y, a la media hora y por primera vez en todo el viaje, conseguí dormir.

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