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Poca gente conoce realmente la historia que ha vivido el lugar en el que vive y, con todo el dolor de mi corazón, menos aún la gente de mi ciudad, Murcia. Pese a haber oído hace tiempo algo de este suceso, ayer, a raíz de buscar sobre otro acabé leyendo y empapándome a base de bien sobre este, ya que me pareció mucho más interesante y cercano.

Sucedió nada más y nada menos que en lo que es ahora mi barrio, que por aquel entonces era prácticamente huerta y poco más. De hecho, el sitio clave está a dos calles de mi casa. Para ayudaros a situaros y a comprender el contexto voy a poner algunos enlaces de aclaraciones y fotos de mapas actuales para ubicaros. Ahora, abríos una cerveza, que la entrada es larga.

Retrocedamos hasta 1700. La muerte sin herederos de Carlos II, último rey de España de la Casa de Habsburgo, creó un importante conflicto sucesorio. Un mes antes de su fallecimiento, el difunto monarca había testado a favor de Felipe de Anjou, miembro de la Casa de Borbón y nieto de Luis XIV de Francia y, en tanto que se producía su subida al trono, ocupaba la regencia el Cardenal Portocarrero. El 18 de febrero de 1701, Felipe de Anjou llega a Madrid, donde es nombrado rey de España en medio de un gran entusiasmo popular. Días más tarde, Luis XIV anunciaba que su nieto mantenía los derechos sucesorios a la Corona de Francia, con lo que cabía la posibilidad de una unión entre Francia y España. Este anuncio, junto con el establecimiento de tropas francesas en las plazas fuertes de los Países Bajos que ocupaban los españoles, fue considerado como una provocación por el resto de potencias europeas, en especial por Austria, Inglaterra y Holanda, lo que provocó la formación de una coalición firmada en La Haya en septiembre de 1701 que defendía la candidatura del archiduque Carlos de Austria al trono español. A esta coalición se sumaron Dinamarca, Saboya y posteriormente Portugal y varios estados alemanes. Los aliados le declararon la guerra a Francia y España en junio de 1702. A partir de entonces, comenzó una lucha que se extendería durante más de una década.

La Guerra de Sucesión no llegó a los límites de la actual Región de Murcia hasta 1706, aunque antes de ese año se produjeron algunas circunstancias que, a posteriori, influirían en el desarrollo de la contienda. En septiembre de 1704 falleció el obispo de Cartagena, Francisco Fernández de Angulo. Su sucesor fue un partidario incondicional de la causa de Felipe de Anjou, el hasta entonces canónigo de Córdoba, Luis Belluga, quién llegó a Murcia el 8 de mayo de 1705. Apenas unas semanas más tarde, el nuevo obispo mandó imprimir un pequeño panfleto titulado «Defensa de los derechos del señor D. Felipe V, de gloriosa memoria a la Corona de España». Belluga, providencialista acérrimo, interpretaba la defensa de Felipe V como un mandato divino indiscutible.

Durante el primer semestre del año 1706, el desarrollo de la guerra fue favorable a los intereses del archiduque Carlos. El punto álgido se produjo el 20 de junio tras la llegada de las fuerzas aliadas a Madrid, al mando de un francés al servicio de Inglaterra, Henri de Ruvigny, Conde de Galloway, y de un portugués, Luis de Sousa, Marqués de las Minas, que obligaron a Felipe V a abandonar la ciudad. El 26 de junio, el archiduque Carlos llegó hasta la capital donde fue recibido por un grupo de nobles que le juraron obediencia. Ese mismo día fue proclamado rey de España con el nombre de Carlos III. Sin embargo, la mayoría de los madrileños eran fieles a Felipe V, por lo que inmediatamente se produjeron enfrentamientos entre los partidarios del candidato Borbón y las tropas aliadas.

Toma de Cartagena y Alicante

El mismo día en que Carlos III era proclamado Rey de España en Madrid, la ciudad de Murcia se preparaba para una posible invasión. Aquel 26 de junio se constituyó una junta para la defensa de la ciudad de la que formaban parte el Corregidor y Justicia Mayor, Don Manuel Luna y Peralta y los regidores y los representantes del Cabildo eclesiástico bajo la presidencia del Prelado. Se formaron dos cuerpos de ejército de 1.000 hombres cada uno compuestos por voluntarios de Murcia y de sus pedanías que rápidamente se pusieron a reparar las maltrechas defensas de la ciudad. El 5 de julio, una flota aliada compuesta mayoritariamente por ingleses y holandeses tomó Cartagena y amenazó seriamente a Murcia. El día 13, el Conde de la Corzana y el Marqués de las Minas, escribieron al concejo murciano detallando los avances y triunfos del ejército de Carlos y de los reveses que estaban sufriendo las tropas de Felipe V. En vista de ello, requerían a Murcia para que aclamase por rey al austriaco. Esta intimidación fue recibida con una enérgica repulsa. La representación de la ciudad, de acuerdo con el ánimo popular, decidió defender la causa de Felipe de Anjou. Mediado el verano, el desarrollo de la contienda comenzó a ser favorable para Felipe V. El 4 de agosto, un numeroso grupo de partidarios del candidato Borbón entró en Madrid y se hizo con el control de la Villa. Sin embargo, en Murcia la realidad era bastante distinta, porque si ya la ciudad se veía amenazada por la conquista de Cartagena, el temor aumentó después de que el 8 de agosto la flota anglo-holandesa se apoderara de Alicante tras una enconada lucha, que culminó con un feroz saqueo religioso en el que los invasores mostraron su desprecio hacia la fe católica. Las profanaciones fueron reflejadas con todo detalle en las páginas de Gazeta de Murcia con el fin de conmover a la opinión pública.

Marcha hacia Murcia

Una vez consumada la conquista de Alicante, los aliados se dirigieron hasta la ciudad de Orihuela que no ofreció resistencia, ya que su gobernador, Jaime Rosell, Marqués de Rafal, apoyaba al candidato austriaco. Después de apoderarse de Cartagena, Alicante y Orihuela, el siguiente objetivo de los aliados era la conquista de Murcia. Con el fin de evitar la lucha, el 14 de agosto dos comisarios enemigos, uno eclesiástico y otro secular, solicitaron una entrevista a Luís Belluga para negociar la rendición de Murcia. El encuentro se produjo el día 18 y, en el mismo, los visitantes obtuvieron una rotunda negativa del obispo, que les comunicó su intención de luchar en favor de la causa de Felipe V hasta las últimas consecuencias.

El conflicto era ya inevitable. La situación del enemigo hizo cundir la alarma de que sus tropas irrumpirían desde Orihuela en dirección a Monteagudo para llevar a cabo la conquista de Murcia. El ejército que tenía que proteger la ciudad era muy inexperto. Entre los defensores destacaban por su experiencia unas cuantas compañías del Tercio de Mahonis, todos irlandeses veteranos, que se situaron en Monteagudo por ser éste el sitio de mayor peligro. El obispo solicitó capellanes para acompañar a las tropas, pero sólo se atrevieron a acudir a aquel lugar Fray Diego de Cantillana y el padre Luis de Oviedo.

Durante los últimos días de agosto, los aliados realizaron varias incursiones por los pueblos de la Cordillera Sur quemando las barracas y despojando las iglesias, cuyas imágenes convertían en astillas. Las mujeres, los niños y los ancianos se tuvieron que refugiar en el Santuario de la Fuensanta. El día 24, los invasores tomaron Beniel, mientras que el 27 llegaron hasta Espinardo y se hicieron con el control de la Contraparada tras un encuentro que causó varios muertos.

El enfrentamiento estaba próximo. Es cierto que en Murcia había partidarios del archiduque, pero la gran mayoría de la población simpatizaba con el candidato Borbón. Las compañías de milicias que guarnecían la ciudad se encontraban apostadas en la Lonja de la Plaza de Santa Catalina. Desde la orilla del río, por Santa Eulalia, en todo el contorno septentrional del casco urbano, se construyeron trincheras, terraplenes y empalizadas para suplir las aberturas de la muralla. En la huerta fueron abatidos muchos árboles con el fin de evitar que los invasores se ocultaran en la espesura. Los huertanos estaban decididos a defenderse bien armados y pertrechados.

Practicamente toda esta zona quedó delimitada por un perímetro de empalizadas y fortificaciones hacia el norte.

El enfrentamiento

En el amanecer del 4 de septiembre de 1706, un regimiento anglo-holandés compuesto por más de 6.000 hombres de infantería, varias piezas de artillería y una sección de ingenieros con un puente portátil de madera para franquear las acequias, avanzó desde Espinardo, con la intención de apoderarse de Murcia. Los murcianos se asentaron tras unos parapetos levantados en las afueras de la Puerta de Castilla —más o menos donde está actualmente la Escuela Oficial de Idiomas—, para impedir el paso de las fuerzas invasoras a la ciudad y se desplegaron por los terrenos que hoy ocupan los barrios de Santa María de Gracia —mi barrio— y de San Basilio, y que por aquel entonces eran un mar de huertas y acequias —según una vecina mayor, lo que ahora es mi edificio, aún en las primeras décadas del siglo XX era un pequeño establo de vacas…—. Unos 400 soldados se situaron en la residencia de Baltasar de Fontes que, a partir de ese mismo día sería conocida como la casa del Huerto de las Bombas. La clave que determinó el fracaso de la invasión fue la idea de Belluga de abrir los tablachos de las acequias para inundar la huerta. En muy poco tiempo, toda la zona —salvo los lugares más elevados— quedó convertida en un inmenso lago. Los invasores no podían aventurarse por él al desconocer su profundidad. Aquellos que lo intentaron quedaron atascados en el inmenso barrizal.

Como el lodazal impedía las maniobras de la caballería, las tropas del archiduque trataron de hostilizar con artillería a los soldados que se encontraban en la casa del Huerto de las Bombas, quienes respondieron a este ataque, causando numerosas bajas al enemigo. Resguardados en la trinchera y en el terraplén que bordeaban el azarbe estaban situados Don Fernando de Arias Ozores, su teniente Don Antonio Marzo y el sargento mayor de la brigada Don Juan Antonio de Contreras y Torres que comandaban los dos cuerpos de infantería de Granada, compuesto por unos 500 hombres y unos 200 caballos del regimiento de Don Gabriel Mahon. Durante dos horas hicieron fuego incesante y en su lucha contra el enemigo contaron con la ayuda de huertanos que, en grupos o aisladamente, disparaban desde sus viviendas o desde las ramas de los árboles.

Me hace gracia imaginarme como quedaría ahora mi barrio si lo inundáramos entero y nos subiésemos a los árboles con armas, pero no nos desviemos del tema.

Al ejército aliado no le quedó más opción que la retirada. El enfrentamiento dejó más de 400 muertos, entre ellos varios coroneles y oficiales, algunos de los cuales fueron enterrados en la iglesia de Espinardo. Los heridos fueron trasladados a Orihuela en 36 carros que estaban cargados de soldados. El Acta Capitular del día 4 de septiembre narra los pormenores de la lucha:

«Que en el día de hoy, al amanecer, hizo movimiento el enemigo con más de 6000 hombres, la mayor parte ingleses, marchando para esta ciudad con algunas piezas de artillería y puentes de madera para su pasaje por las cortaduras y acequias de la huerta prevenidos para impedirles el paso y habiendo avistado la casa que llaman de las Bombas distante de esta población medio cuarto de legua (Inciso mío: Medio cuarto de legua es algo más de medio kilómetro.) y avanzando a ella haciendo fuego y echando granadas con el ánimo de apoderarse de ella, como con efecto lo hubiese logrado a no haberle rechazado con gran valor la infantería que estaba de guarnición en la dicha casa y socorro de los naturales que ocurrió para este lance, obligándoles a hacer fuga que ejecutó con perdida de 400 hombres heridos y muertos y entre ellos algunos oficiales y dos coroneles. Cuyo feliz suceso se ha celebrado»

Aquí dejo un plano de la situación con un mapa actual:

MAPALETRAS

A- Es la posición aproximada donde se encontraba la Casa de las Bombas, en la que se guarecieron las tropas. Allí está ahora el restaurante El Cherro.
B- I.E.S. Infante Don Juan Manuel
C- Centro de ocio Zigzag
D- La Escuela de Idiomas y el Centro Puerta de Castilla (Después de leer esto, originales con el nombre ¿eh?)
E- Ronda Norte

Consecuencias

En cabildo del 6 de septiembre, la ciudad acordó que se celebrara misa de gracias y procesión en términos que revelan la piadosa confianza de los murcianos en la mediación de la Virgen María. Dos años más tarde, y a propuesta del regidor Alonso de Contreras, se acordó declarar el 4 de septiembre, día de Santa Rosa de Viterbo, como festivo con la intención de perpetuar la fiesta. Aunque el deseo de Alonso de Contreras se vio frustrado, ya que no se logró dar a ese día el carácter de perpetua conmemoración cívico-religiosa, el recuerdo de la victoria debió de conservarse durante mucho tiempo en la Murcia de entonces.

El entusiasmo popular dio al suceso proporciones de resonancia épica. Aún reconociendo que este enconado encuentro tal vez no merezca el nombre de batalla, si es cierto que fue algo más que una escaramuza. Es obvio que la victoria cambió el desarrollo de la guerra en el sureste peninsular. Los partidarios de Felipe V se recobraron, recuperaron Cartagena y Orihuela y afrontaron con grandes garantías de éxito la decisiva batalla que tendría lugar siete meses más tarde en Almansa.

Tras acabar con el conflicto, Felipe V concedió a la bandera de Murcia la septima corona —La anterior había sido concedida por Pedro I y las cinco primeras por Alfonso X, que quería a Murcia casi tanto como yo— y el título de «muy noble y muy leal» por apoyar su causa.

Ahora seguramente os preguntaréis: «Si la casa se hizo tan famosa, ¿qué ha sido de ella? ¿por qué no se conserva?». Pues resulta que sí que se conserva, o al menos en parte, pero no en el mismo lugar en el que se situaba. Seguid leyendo, seguid…

La casa

El Huerto de las Bombas formó parte del paisaje de la carretera de Espinardo hasta bien entrado el siglo XX durante el que fue absorbido por el crecimiento de la ciudad. Cuenta Martínez Tornel que en la década de 1880 «el huerto era principalmente de naranjos. Entre ellos se esconde la casa y la fuente frente a la casa poblada de bullidoras legiones de peces de colores. Sobre los naranjos elevan conos de verdura, melancólicos cipreses y desde los terrados de las casas y a partir del pequeño paraíso de las 80 tahullas que forman ese huerto se desarrolla al norte la triste perspectiva de áridos montes y amarillentos campos de secano»

El Huerto de las Bombas en 1880.

El paso del tiempo fue deteriorando la casa, que a principios del siglo XX se encontraba en estado ruinoso. En la década de 1930, su propietario se había desentendido de ella y la había alquilado, junto con el huerto, a otra persona, quién a su vez la había realquilado a varias familias de jornaleros pobres que se hacinaban entre sus paredes.

En los años cincuenta, la administración adquirió una parte del huerto para construir en ella el edificio de la Escuela de Trabajo, que más adelante serviría de sede a la Escuela de Maestría, posteriormente al Instituto Politécnico y en la actualidad al IES Miguel de Cervantes. Poco a poco, el paisaje urbano se fue apoderando de aquel lugar hasta que la casa fue demolida, aunque, con buen criterio, se salvó la portada. En febrero de 1973, el Ayuntamiento de Murcia adquirió la propiedad de los terrenos y de las instalaciones de la Feria Internacional de la Conserva y de la Alimentación —chan, chan, chan… ¡la F.I.C.A.!— para la construcción de un parque público. Uno de los primeros proyectos era sustituir la portada de acceso por la portada de la casa del Huerto de las Bombas con el fin de conservar este vestigio arquitectónico. Por esas mismas fechas, se dio luz verde a la construcción del Parque del Malecón donde finalmente fue instalada la portada, inconfundible por su estilo barroco, sus columnas salomónicas y sus esculturas de piedra.

Detalle de la portada actualmente.

Y poca cosa más tengo que contaros, pero sí un par de curiosidades para terminar, que lo estaréis deseando ya.

Una, que en 1999 la Casa de la Moneda acuñó un pieza de cinco pesetas en la que aparecía la imagen de la fachada del Huerto de las Bombas. Se pusieron en circulación 216.230.000 ejemplares. Si buscais en Google, no tendreis dificultades para encontrar alguna foto de la moneda.

Y dos, que el topónimo ha quedado perpetuado en el callejero murciano. El lugar que ocupaba aquel palacio en el que los partidarios de Felipe V organizaron la resistencia lo ocupa ahora la calle «Huerto de las Bombas», como no podía ser de otra forma.

Portada del Huerto de las Bombas, situada en el Malecón tal y como se puede encontrar actualmente.

Algún día pondré una inscripción debajo de mi ventana que rece «Sta. María de Gracia, matando ingleses desde 1706. Don’t fuck with us!»

[Fuentes: http://www.regmurcia.com / Wikipedia / Material propio]

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