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Lo prometido es deuda. Tarde, bastante tarde, pero aquí la crónica de la última edición de este festival. Esta vez será más breve ya que muchas cosas las conté en la anterior crónica y no procede repetirlas, pero no os preocupéis, que sí que vais a tener para leer un buen rato.

Hay ciertas cosas en esta vida en las que la siguiente regla se puede aplicar. Si no sabes lo que es, te apetece; si sabes lo que es, te apetece aún más. Este viaje es una de esas cosas. Tras un año contando los días y contándole a la gente lo bien que estuvo la pasada edición, la noche del 1 de agosto nos presentamos un grupo de alrededor de veinte murcianos en la parada de La Opinión a esperar el autobús. Sí, habéis leído bien. Esta vez, a falta de alguna baja —Alfonso, se te echó de menos—, nos fuimos un grupo de más de veinte murcianos a invadir las tierras teutonas. Fue subir al autobús y eso se convirtió en una fiesta en toda regla. De ir un año con poca gente que conociésemos a ir con todos tus colegas la cosa cambia mucho. No me voy a entretener aquí. Cachondeo, bromas, coñas varias… la cuestión es que después de tanto tiempo, por fin estaba ocurriendo. Respecto a las paradas, fue exactamente igual que la otra vez. En España paramos principalmente en Alicante, Valencia, Barcelona, Gerona, y La Junquera. Una vez salimos del país las siguientes paradas fueron por obligación para comer, cenar, y estirar las piernas en estaciones de servicio.

Que se note a dónde vamos.

 Ya el martes día 3, al empezar a ver los enigmáticos paisajes de bosques y niebla al amanecer tal y como os conté en la crónica del año anterior, supe que estábamos por Bélgica, a sólo unas horas de Amsterdam, la gran parada. Esta vez para entrar a la ciudad dimos un rodeo de manera que no tuviéramos que atravesarla entera como ocurrió en 2009, sino que entramos directamente hasta la Estación Central.

Esta vez nos habíamos propuesto culturizarnos un poco en vez de ir directamente al Barrio Rojo, así que antes de llegar nos hicimos una pequeña guía turística con sitios para ver. El primero de la lista, al que fuimos nada más bajar del autobús ya que nos pillaba al lado, fue el Templo de Venus, más conocido como el Museo del sexo. Aunque pueda parecer una frikada, que lo es, este museo es mundialmente conocido por ser el primero y más grande que trata sobre este tema. Desde exposiciones de fotos hasta esculturas, pasando por fuentes hechas de penes, cinturones de castidad reales, o incluso sillones trampa que te sodomizan por sorpresa —sí, como suena xD—. Todo ello muy bien ambientado con sonidos que te hacen entrar en situación. Vamos, el paraíso de los pervertidos. El resto de las visitas mañaneras consistió en paseos por sitios emblemáticos como la Plaza Dam; el Homomonument, un monumento a los homosexuales perseguidos y asesinados durante la Segunda Guerra Mundial y en general a lo largo de la Historia; el mercado de las flores con sus respectivas smart-shops, o la casa y monumento de Anna Frank, campeona mundial de escondite de 1944 la famosa niña judía que murió a manos de los nazis en el campo de concentración de Auschwitz.

Llegada la hora de comer decidimos prescindir del Pollurtime, que dejaríamos para la noche, y fuimos a lo práctico. Comida rápida, una de las banderas en el césped a modo de mantel, y a comer. Rollo pordiosero, ¡qué grunge!

La residencia de frígidas xD

 Por la tarde la cosa fue más tranquila. Después de comer nos acercamos hasta el Hard Rock Cafe Amsterdam, que conseguimos verlo por dentro a pesar de no ir a tomarnos nada, y cruzamos un par de calles para llegar al Vondelpark, considerado uno de los parques más bonitos de Europa. Realmente no se si será de los más bonitos, pero sí puedo decir que es de los más grandes, limpios, y bohemios que he visto jamás. Parece una zona universitaria pero con gente civilizada. Gente recostada por el césped, practicando deportes, paseando, pintando… de todo. Nosotros nos acercamos hasta el lago central y allí nos volvimos a montar un camping parecido al que teníamos a la hora de comer. Lo gracioso de este parque es que está permitido beber allí siempre y cuando no ensucies, así que nos compramos unas cervezas y pasamos allí gran parte de la tarde admirando el paisaje. Como no podía ser de otra forma, la visita a Amsterdam la terminamos en el Barrio Rojo dando vueltas entre sus muchos —y en ocasiones, absurdos— locales y calles típicas, y probando el archiconocido puro holandés.

La foto Rabobank es obligatoria todos los años, lo siento.

 Por último, cenamos en el KFC para no perder las buenas costumbres y nos volvimos a subir al autobús, unos mejor que otros como ya dije el año pasado. La cuestión es que después de dos días durmiendo mal y poco y pasar un día dando vueltas por una ciudad tan grande como Amsterdam, el cansancio pasa factura, así que una vez más fui incapaz de ver Zombies Party en el autobús y me quedé durmiendo.

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