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Salimos de Murcia la madrugada del 9 de abril en un autobús, junto con gente de las carreras de matemáticas y veterinaria, que nos llevaría hasta la terminal 1 del aeropuerto de Barajas, en Madrid, donde estaríamos unas cuatro o cinco horas sin hacer nada puesto que en vuelos intercontinentales hay que facturar y pasar el control con bastante antelación. Allí ya se podía respirar el ambiente de vacaciones. Universitarios procedentes de toda España esperando sus vuelos a lugares caribeños como podían ser Cuba, Punta Cana, o algunos incluso como nosotros, a Cancún y la zona de la Riviera Maya. Almorzamos algo por allí y, a las 14:45 puntuales, embarcamos en nuestro vuelo, que despegó en torno a las 15:10.

Haciendo tiempo en el aeropuerto.

Era la primera vez que hacía un vuelo intercontinental, y la verdad es que poco se parece a hacer un vuelo dentro de Europa. Para empezar, el vuelo de ida eran unas diez horas y media. Hay que planteárselo como una carrera de maratón: tómatelo con calma, que ya llegarás. Si no paras de pensar en cuánto queda, te vas a desesperar —me compadezco de los fumadores…—. Además, en este vuelo, ocurría una cosa que no había podido experimentar en vuelos más cortos. Me explico. Estábamos viajando en sentido contrario al de rotación de la Tierra, por lo que durante las diez horas y media estuvimos con la misma luz del día que había cuando despegamos. Te dormías, veías una película, te dabas un paseo por el avión, te volvías a dormir… daba igual, cada vez que mirases por la ventanilla verías un perfecto solanero de mediodía. Y esto, las primeras horas se lleva bien, pero las cinco últimas se me hicieron insufribles. Además, el vuelo se retrasó un poco porque pasamos unas tres horas atravesando turbulencias. Lo único por lo que te guiabas un poco era por las comidas que nos ofrecían: una, nada más despegar; otra, a modo de cena, más tarde; y por último, una merienda/tentempié cuando ya sobrevolábamos Florida. Y, bueno, también por la pantallita de delante del asiento en la que iban poniendo por dónde íbamos y diversos datos de navegación.

El mejor sitio para tener un accidente.

Si algo falla, son todo garantías de supervivencia.

Aunque las azafatas fueron muy amables, tengo que darle un punto negativo a Air Europa en cuanto a que uno de mis amigos había solicitado de antemano que su comida fuese sin gluten —es celíaco— y ni a la ida ni a la vuelta —que le habían prometido las azafatas personalmente que lo solucionarían— tuvieron esta comida. Suerte que encontraran alguna otra comida que poder servirle, pero mal por la compañía.

También nos repartieron los documentos de inmigración y declaración de aduanas que hay que rellenar antes de entrar al país. Aunque parezca una cosa muy seria y que si no declaras algo te van a empapelar, tranquilos, que a no ser que llevéis un fusil, un cocodrilo o un millón de euros en la maleta, no pasa nada.

Aterrizamos en Cancún poco después de las 18:30, hora local —1:30 en España, son siete horas menos que aquí—, y pasamos otra vez los respectivos controles, incluído el famoso botón de la aduana de este aeropuerto. Un botón que todo el mundo tiene que pulsar antes de cruzar la aduana y que, si sale verde puedes continuar sin problemas, pero si sale luz roja, debes abrir la maleta y que te hagan un registro rápido. Es totalmente aleatorio, no os preocupéis. Y yo, haciendo honor a mi mala suerte, tuve que abrir la maleta, pero sólo le echaron un vistazo por encima a lo que llevaba y me dejaron continuar.

En la salida del aeropuerto teníamos un autobús esperándonos para llevarnos a nosotros y otro grupo de gente a  nuestros respectivos complejos hoteleros.  Dos horas de viaje en las que nos contaron brevemente cómo son las cosas por allí y de paso, intentar vendernos alguna excursión, pero no cayó la breva.

Al hotel llegamos ya casi a las diez de la noche, hambrientos, somnolientos y con ganas de ducharnos. Y aún así tuvimos que hablar primero con uno de los chicos de Xcape —la empresa con la que habíamos organizado las excursiones— para que nos diese los horarios y nos explicase el plan.

Haciendo honor a la verdad, la primera impresión que nos llevamos no fue buena. Creíamos que el bufé libre estaría abierto las veinticuatro horas y no solo no era así, sino que casi nos quedamos sin cenar esa noche porque cerraban a las diez. Incluso luego vimos que el bar cerraba a cierta hora y los cócteles eran muy limitados. Pero tranquilos, que la cosa no era de esta manera, ni mucho menos. Sólo había que preguntar e investigar. Seguid leyendo, seguid…

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