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El hotel elegido no era realmente un hotel, sino un complejo hotelero, el Barceló Maya, situado —igual que prácticamente todos los complejos de allí— en medio de la selva y justo en la orilla del Mar Caribe. Se diferenciaba en tres zonas con un total de cinco hoteles y once edificios de alojamiento. Nosotros nos alojamos en un extremo del complejo en la zona compuesta por los hoteles Barceló Maya Caribe y Beach, formados por dos edificios el primero y tres el segundo. En la zona central se encontraban el Barceló Maya Colonial y Tropical; y en la zona opuesta, el Barceló Maya Palace Deluxe que, con sólo sus dos edificios, comprendía una de las tres zonas y a la que teníamos acceso restringido porque era la zona VIP chachiguay gromenauer. Tampoco echamos de menos entrar allí, ya que incluso la zona del Tropical y Colonial la vimos sólamente de pasada un día que nos perdimos por ahí a darnos una vuelta.

Las habitaciones nos las dieron en el edificio Sayil del Maya Caribe, que constaba de tres plantas comunicadas entre sí por un enorme balcón interior a lo largo del edificio. Mi habitación, que compartía con tres amigos, era la 5315. Nos dieron la más alejada del lobby y restaurante, pero a cambio estábamos más cerca de las piscinas y la playa.

Según habíamos hecho la reserva, unas habitaciones serían triples y otras, cuádruples, como la nuestra. La única pega es que las cuádruples tenían dos camas de matrimonio y tendríamos que dormir todos juntos de dos en dos. Esto era gracioso, porque en la mía roncábamos todos y por las noches se montaba cada concierto ahí que parecía eso Parque Jurásico xD. Teníamos minibar incluído —sin alcohol, eso sí, a excepción de un par de latas de cerveza—; televisor con un montón de canales, tanto mexicanos —AYAYAYYY HOMERO—, estadounidenses —la HBO, por ejemplo, donde vi un capítulo de Game of Thrones en directo— como españoles, donde seguíamos el fútbol de aquí; baño con secador, toallas, bañera, champú, gel y acondicionador, y un váter que cuando tirabas de la cadena parecía que iba a crear un agujero negro que se lo tragase todo; y nuestro queridísimo balcón.

Puerta a la selva. La preciosa vista que teníamos desde el balcón.

Cerca de los edificios de habitaciones, y a medio camino hacia el lobby, se encontraba el bufé del Maya Caribe —cada hotel tenía su bufé propio— donde podíamos desayunar, comer y cenar, eso sí, con horario restringido. Para los desayunos y las comidas servían menús parecidos todos los días, en los que había una amplísima variedad de platos para elegir, pero las cenas se hacían temáticas, con comidas típicas mexicanas, japonesas, mediterráneas, etc según la noche.

Desayuno de campeones. Round 1.

Desayuno de campeones. Round 2.

El sitio estaba rodeado de un riachuelo con pequeñas fuentes al aire libre que le daban mucha vida, y justo al lado tenía un teatro donde por las noches había espectáculos y conciertos de mariachis.

Otra opción para comer eran los restaurantes a la carta, con reserva, en los cuales teníamos derecho a tres cenas cada uno —el número de cenas te lo asigna el hotel según el número de días que te vas a alojar allí— y a los que nosotros sólo fuimos dos noches puesto que están muy solicitados y las reservas las hicimos tarde. Para los que vayáis a ir, os lo aviso desde ya: Haced las reservas el primer día que estéis allí, porque luego va a ser imposible encontrar mesa. Había varios distintos, pero nosotros sólo fuimos al mexicano y al español —sí, españoles que se van a México para cenar en un restaurante español—. Como de comida española no os voy a descubrir nada nuevo, os hablaré sólo del mexicano. Entrante, plato principal, postre, y toda la bebida que quisieras. Esto era común en todos. Además, al centro te ponían nachos con guacamole y pico de gallo como en, por lo visto, prácticamente todos los restaurantes mexicanos de allí.

Tacos de camarón. Porque hasta que no vas a México no descubres la comida mexicana típica de mar, que está buenísima.

Ceviche de pescado. Otro entrante de los que da gusto ver y comer.

El señor chuletón que se pidió un amigo.

Chile relleno, mi elección de plato principal. Cómo picaba el jodío…

Aquí se puede ver el relleno de carne y frutas además de la salsa parecida a la de yogur con la granada y demás acompañamientos. Creo que me está entrando hambre.

Postre gromenauer de crema con chocolate.

Y para terminar la cena, cómo no, un chupitazo de tequila del tamaño que acostumbraban a ponérnoslos allí. Es decir, o vaso de caballito, o medio vasazo si era uno normal.

Ese es precisamente otro de los temas a tener en cuenta: la bebida. Lo primero que descubrimos en el hotel fue que hay que pasar complemente de mirar cartas ni nada. Pídele al camarero que te ponga los cócteles que él quiera y te aprendes los nombres, y verás como enseguida tienes una carta mental de mínimo quince de ellos. Mango Tango, Miami Vice, Riviera Maya, Daiquiris de todos los sabores, Piña Colada, nuestro querido Melon Ball… hay un montón. Y ya llegaba un punto en que ni nos preguntábamos si queríamos alguno, puesto que eran gratis. Simplemente ibas a la barra y pedías seis. Si la gente no los quiere, ya llegará enseguida otro que sí los quiera. Tú pide, que es gratis. Y los chupitos también son gratis. Recomiendo los tequilas Hornitos y El Jimador. Y también podéis probar otra bebida típica de méxico, el chupito de mezcal. La cerveza es Corona de barril, tanto rubia como negra, y aunque no está mala, no la recomiendo. Si es del bar o bufé, que es casi únicamente como la vas a tener disponible, va a tener poca fuerza y además no va a estar muy fría, así que pasando de ella. Por cierto, en los bares de al lado de recepción hay siempre algo de comida para el que quiera en plan pizzas, saladitos y cosas así. Tenedlo en cuenta para cuando sea de madrugada y os dé hambre.

Por supuesto, y como todo buen hotel de por allí, tenía múltiples piscinas, y a escasos metros de la playa además. En ellas encontrabas de todo: desde tumbonas y hamacas alrededor —en este viaje me he vuelto muy fan de las hamacas—, monitores para distintas actividades, una caseta donde te prestaban una toalla por persona y la cambiabas todas las veces que quisieras para tenerla siempre seca y limpia, pequeñas pistas de baloncesto, ajedrez gigante… hasta las zonas de las piscinas propiamente dichas, donde te encontrabas rincones de jacuzzi, fuentes, piscina normal, y lo que más nos gustaba a nosotros: el bar dentro de la piscina. Sí, señores, hay bar dentro de la piscina, con taburetes de obra y todo. Para poder estar bebiendo sin tener que moverte del sitio, like a boss. Y para rematar, en algunas piscinas estaban venga a poner música fiestera bien fuerte y sin parar. A tope con la Cope ya desde bien temprano.

Y, como he dicho antes, a escasos metros de las piscinas teníamos la playa. Pero no una playa cualquiera, sino LA PLAYA. El Mar Caribe en todo su esplendor. Agua fresquita pero sin pasarse, cristalina, con bancos de peces preciosos que pasaban continuamente a tu alrededor, arena blanca y finísima… espectacular. Y con muchas palmeras, tumbonas y de todo alrededor. De hecho, había muchas cosas. Desde puestos donde podías comprar —esto sí iba aparte— un coco y que te lo rellenasen de bebida, hasta camillas a la sombra en medio de la playa donde te hacían todo tipo de masajes. En definitiva, una playa espectacular, donde además se podían ver unos atardeceres preciosos.

Un atardecer caribeño de los que quitan el hipo.

Además, si te ibas andando por la playa hacia la zona de baño del Colonial y Tropical, te encontrabas con la zona de actividades donde podías hacer cosas como fútbol playa, voleibol, snorkel, catamarán, piragua… todo gratis, por supuesto. Nosotros decidimos darnos un paseo en piragua uno de los últimos días.

Listos para descubrir Améri… oh, wait.

Por supuesto, allí está todo bien pensado y para que no tengas que irte muy lejos de donde estás pasando el día, hay restaurantes al lado de la playa y las piscinas. Incluso algún día llegamos a desayunar en uno de estos ya que abrían justo cuando cerraba el bufé de dentro del hotel. Aquí podías elegir entre comer dentro, a cubierto, o en las terrazas al aire libre donde podías llegar a encontrarte alguna inesperada visita.

Todo esto sería lo básico que se espera de un hotel de costa, pero es este tenía aún más, mucho más. Paseándote por los alrededores podías encontrar gimnasios, spa, centros de masajes, pistas de tenis, golf, minigolf, e incluso pequeñas rutas «selváticas» donde llegaban a advertirte de que podías cruzarte con mapaches y otros animales.

Por último, y no por ello menos importante, en la entrada del lobby podías subirte a un autobús que recorría el complejo y te acercaba a la plaza central donde había un montón de tiendas y nuestra queridísima discoteca a la que íbamos por las noches a terminar de darlo todo.